lunes, 15 de febrero de 2016

Fuego.

Las manos le ardían y se moría por quitarse la escarcha de la piel a arañazos. Cada copo de nieve le pudría por dentro. Nunca supo apreciar la nieve, su fuego alejaba de ella toda gota de frío con rabia. Decían las historias, que se había hecho una casa de carbón en lo alto del bosque. Cuando esa casa ardía, algo en ella se rompía y las aves huían de cada rama, asustadas. Nadie le había enseñado a apreciar el frío. Se limitaron a obligarla a meterse en él, estuvo congelada mucho mucho tiempo en cuerpo y alma. Cuando esa alma fue liberada, el fuego de sus ojos jamás se apagó. Sabía dar cobijo a los demás, pero no sabía controlar sus ansias de quemarlos. Sin embargo, cuando el invierno llegaba, se sentía en casa. Lo contrario a ella le arropaba y no le obligaba a dejar de ser como ella quería. En el invierno el frío se volvía más intenso y era necesaria una hoguera para calentar el cuerpo y el corazón. Solo ahí era libre y podía crepitar con cada pestañeo. Fuego, agua, el ciclo de las cosas. Fue maldita con tener el pelo del color de un Fénix, para que nunca jamás olvidase su condición de fuego eterno.
Anhelaba ver en tus ojos, el deseo de intentar dominar aquellas llamas.